miércoles, 11 de mayo de 2011

21 años y 500 momentos

Decía mi abuela, a diario, que lloraba los caminos que no pisó por conformismo, que preferiría sufrirlos o amarlos, pero haberlos recorrido. Se empeñaba en allanarme pasadizos y a cerrar con llave los lugares de peregrinación, en quitarle importancia a lo políticamente correcto. A lo normal. Recuerdo que, posando sus manos en mis hombros, me pedía casi como un favor personal que prestase más atención a la gente criticada y a los que sufrían sus propias reglas. "Serán diamantes en un mundo de cerdos", aseguraba. Me hablaba la voz de la experiencia, la voz del arrepentimiento. Ella nunca dirigió mis pasos ni me obligó a hacer nada que no quisiera, todo lo contrario. Lo que sí me dijo fue que si apuestas a caballo ganador, las derrotas dolerán el doble, pero una victoria bastará para alcanzar la gloria. Y por mucho riesgo, o certeza, que haya en su afirmación, me niego a cambiar el rumbo que me he impuesto, el guión que me he escrito. Me niego a ser un átomo dentro de una mayoría dispuesta a comer mierda si ésta se pone de moda. Porque la vida no es un vaquero, o la vives cómodamente y a tu antojo, o te aprietas la cintura hasta que las costillas cambien de nombre. Las mías se llaman Daniel, y están encantadas de conocerme. Bienvenidos a la República Independiente de mi Vida.

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